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Lo que la música dice de nosotros


¿Qué tienen en común Silvio Rodríguez y Bad Bunny? ¿Qué comparten Rosalía,

Ana Torroja y Mon Laferte? ¿Qué conecta a Cerati con C Tangana?

A primera vista, nada. Géneros distintos, épocas distintas, públicos distintos.

Pero hay algo que todos hicieron en algún momento, probablemente sin

proponérselo: escribieron una canción que los delató.

No hablo de las canciones que ponemos para ambientar una reunión o para

hacer más fácil movernos por la ciudad. Hablo de las otras. Las que uno escucha

solo, con audífonos, mirando el horizonte de la nada, y de pronto algo en el

pecho se mueve de una manera que no tiene nombre fácil. Esas canciones nos

eligen a nosotros, no al revés. Y cuando uno aprende a escucharlas de verdad —

no la melodía, sino lo que hay debajo— aparece algo incómodo: que las

canciones hablan siempre de sus creadores. De lo que no pueden decir de otra

manera. De la grieta entre lo que muestran al mundo y lo que realmente son.



Silvio Rodríguez es, oficialmente, el trovador de la resistencia, la voz de un

continente comprometido con la revolución. Pero escuchen Te doy una canción

con cuidado. Ahí está el otro Silvio. El que extraña. El que tiene guardado un

recuerdo de amor que no cabe en ninguna proclama. Hay algo en esa canción

que duele de una manera que los manifiestos no duelen: es la voz de alguien

que sabe, en algún lugar muy adentro, que la revolución no alcanza para llenar

todo.

Eso no lo hace menos revolucionario. Lo hace más humano.

Cerati pasó años con esa distancia elegante, esa mirada de quien lo ha visto todo

y nada lo sorprende demasiado. Y entonces llegó Crimen. Y se acabó la

distancia. Ahí hay alguien en el piso, con una ruptura encima que no puede

disfrazarse de metáfora, nombrando el dolor directamente, sin adornos. Es

incómodo escucharla porque Cerati nunca debería haber sido tan vulnerable. Y

sin embargo es ahí, justo ahí, donde más te llega.

Bad Bunny hace la canción del tipo que no necesita a nadie. Tití me preguntó

suena así: fanfarronería pura, ritmo que no pide permiso, la lista interminable.

Pero en algún verso, casi de pasada, se le escapa: que en medio de todo ese

movimiento no puede dejar de pensar en una. Solo una. La canción de la

conquista infinita resulta ser la canción de alguien que no sabe cómo decir que

está enamorado. C Tangana hace lo mismo en Demasiadas mujeres: el tipo más

frío del escenario mostrando, casi sin querer, que el amor también lo mueve.


Los hombres que hacen canciones sobre cuánto no necesitan a nadie son, casi

siempre, los que más necesitan.

Las mujeres han tenido que decir lo mismo, pero con más capas encima.

Mon Laferte lleva toda su carrera siendo intensamente directa de una manera

que incomoda. Tu falta de querer no es una canción de desamor, es algo más

brutal: la decisión de alguien que en algún momento deja de esperar y se para.

Hay rabia, sí. Pero hay algo debajo de la rabia que duele más que la rabia.

Rosalía construyó El Mal Querer entera sobre lo que pasa cuando el amor se

convierte en trampa. Cada canción es una habitación distinta de la misma casa

de la que no puedes salir. Y uno la escucha y reconoce algo que no quería

reconocer.

Y luego está Ana Torroja cantando Mujer contra mujer en 1986, en la España

que todavía no sabía bien cómo procesar ciertas cosas. La canción nunca

nombra directamente lo que habla. No podía. Pero está ahí, completo, en cada

pausa. Torroja lo dijo igual, con lo que tenía disponible. La grieta más honesta

es a veces la que se abre en diagonal.



Hace un tiempo escribí una canción que se llama Ojos de cristal.

Es una canción enérgica. Tiene una energía que podría leerse como liberación:

le digo a alguien que ya lo diga de una vez, que deje los juegos, que se vaya si se

quiere ir. Hay algo casi desafiante en la melodía. Una invitación a que me diga

que no más.

Pero cuando la escucho ahora, lo que oigo es otra cosa.

Oigo a alguien que ya está cansado pero que todavía está ahí. Que escribe una

canción sobre soltar precisamente porque no puede soltar. Que pide claridad

porque la ambigüedad todavía le importa demasiado. La postura dura de la letra

es real, pero también es frágil. No me mires más con esos ojos de cristal no es

solo una acusación. Es también una confesión: que esos ojos todavía tienen el

poder de hacer algo.

No supe todo eso mientras la escribía. Lo sé ahora.

Eso es lo que hacen las canciones. No nos permiten mentir del todo.



Uno puede construir con mucho cuidado la imagen que quiere mostrar al

mundo. Elegir las palabras, las posturas, los silencios estratégicos. Pero la

canción que escucha a las dos de la mañana cuando no hay nadie mirando dice

otra cosa. La que pone en repeat sin saber bien por qué. La que escribió una

noche y que, cuando la escucha después, le revela algo que no había visto.Esa es la verdadera.

Así que la pregunta no es qué música te gusta. La pregunta es qué dice de ti la

canción que elegiste hoy sin pensarlo mucho. Qué grieta abre. Qué cosa que no

te has dicho está ahí, esperando que le pongas atención.

Las canciones saben. Siempre han sabido.


¿Y tú? ¿Qué canción te eligió a ti últimamente?

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